El otorgamiento de la nacionalidad colombiana al ex vicepresidente Jorge Glass hace recordar ciertos episodios.
Julio Londoño Paredes
A mediados de los ochenta las normas existentes en el futbol profesional colombiano establecían que sólo cuatro extranjeros podían hacer parte de cada uno de los equipos profesionales que participaban en el campeonato. Desafortunadamente, al mismo tiempo, en buena parte de ellos había penetrado directa o indirectamente la mano siniestra del narcotráfico.
Como las calidades de los futbolistas colombianos todavía no eran plenamente reconocidas y la danza de los millones en las transacciones de jugadores aún no había empezado, los equipos colombianos se esforzaban para incorporar a sus nóminas a rutilantes estrellas extranjeras a las que se les pagaban grandes fortunas.
Sin embargo, la limitación del número de jugadores extranjeros llevó a la práctica de que estos eran rápidamente nacionalizados como colombianos, por el Ministerio de Relaciones Exteriores. Así se eludía la norma.
Para ese efecto, siempre había padrinos que ayudaban a hacer la gestión de nacionalización: los congresistas de diferentes regiones, los alcaldes y gobernadores, e incluso altos funcionarios, servían de intermediarios.
La nacionalidad colombiana la utilizaban los jugadores mientras duraba su contrato y luego la botaban como la camiseta del equipo al que habían pertenecido. Incluso, uno de ellos al regresar a su país de origen abjuró públicamente de la nacionalidad colombiana que le había sido otorgada, como si aquella fuera una carga moral.
La práctica de otorgar la nacionalidad a los jugadores fue abortada abruptamente cuando llegó la administración de Virgilio Barco. No sin los riesgos que implicaban para el gobierno romperla: insultos, editoriales en periódicos regionales y hundimiento de proyectos en el congreso. Pero se asumió.
Ahora el país se ha enterado de que el gobierno le ha concedido la nacionalidad colombiana al ex vicepresidente del Ecuador, Jorge Glass, no obstante que se encuentra en una prisión de alta seguridad en ese país, sentenciado entre otras cosas por el delito de peculado durante el gobierno de Correa, que también es prófugo de la justicia ecuatoriana.
Glass además de haber sido vicepresidente, ocupó importantes cargos en la administración de Rafael Correa, hasta que en diciembre de 2017 fue sentenciado por el caso Odebrecht y más tarde, recibió otra sentencia de 8 años por cohecho pasivo agravado.
Ya este personaje había sido objeto de la atención internacional, a raíz de la absurda irrupción de fuerzas ecuatorianas a la residencia de la embajada mexicana, donde se encontraba asilado.
Ahora, el gobierno colombiano ha solicitado al del Ecuador, su entrega, teniendo en cuenta que es un “ciudadano colombiano”: Novoa rechazó el requerimiento. No se sabe quién fue el gestor de esa diligencia. De pronto el expresidente Correa, buen amigo del primer mandatario de Colombia, tiene alguna información.
Un procedimiento parecido siguió el régimen de Maduro, al darle al colombiano Alex Saab, no solamente la nacionalidad venezolana, sino al designarlo en un alto cargo con estatus diplomático, después de que fue detenido en Cabo Verde, África.
La decisión de otorgar la nacionalidad colombiana a Glass, para abstraerlo de la acción de la justicia de ese país, hace recordar la estrategia en los ochenta con los jugadores de futbol.
Como aquí nos hemos acostumbrado a que cualquier cosa se puede decir y con frecuencia algo inesperado ocurre, de pronto se le podría otorgar la nacionalidad colombiana a Maduro y a sus allegados. Así la presión norteamericana, no sería solamente sobre Venezuela.
Sería, además, un bonito gesto con Maduro, Diosdado Cabello y el general Padrino López.